Julieta Venegas: “Es sano para los padres mexicanos que sus hijas los contradigan”
Julieta Venegas: “Es sano para los padres mexicanos que sus hijas los contradigan”
La cantautora tijuanense presenta su primer libro, ‘Norteña’, una memoria musical sobre los orígenes de su vocación que coincide con el lanzamiento de su nuevo álbum
La música afloró antes que las palabras. Antes, también, de que tomara la decisión de volver. A Julieta Venegas la intuición le llegó con las canciones, que supieron ver antes que ella el dolor de la añoranza y las ganas del regreso.
Después llegaron el disco, las palabras “quiero volver” y la mudanza. La compositora mexicana empacó su casa de Buenos Aires y desembarcó de nuevo en la Ciudad de México, la primera gran ciudad que la acogió cuando decidió salir, sin el apoyo de sus padres y con más ganas que certezas, de su Tijuana natal. “No sé si habría acabado componiendo canciones si no hubiese sido por el descubrimiento de la literatura.
Creo que me convertí en compositora cuando empecé a ser lectora”, reflexiona ahora, desde una céntrica librería en la capital mexicana. Esos dos universos que han crecido siempre entrelazados en la vida de la cantautora se aprietan más si cabe el uno contra el otro en Norteña: el nombre de su primer libro, el de su nuevo álbum, el de su próxima gira. Su forma de regresar.
Norteña —el libro— es una memoria musical que rastrea los orígenes de una vocación que se ha abierto camino con instinto y determinación. Julieta Venegas se ha vuelto una detective de sí misma y ha indagado hasta encontrar el inicio de todo: su casa en Tijuana, allá en la frontera con Estados Unidos, donde “The Cure se llevaba bien con Juan Gabriel”; su primer piano, las primeras clases y una maestra que supo ver su talento y su voluntad antes de que fueran evidentes para los demás.
“Sigo encontrándome con una Tijuana siempre transformada, siempre diferente. Hace unos años empezó a haber una comunidad haitiana y siempre surgen comunidades nuevas. Es una ciudad muy generosa, que recibe a mucha gente de brazos abiertos”, relata la artista —55 años y 10 Grammys a la espalda—, que también lamenta la escalada de la “crueldad” en el trato que reciben los migrantes a ambos lados de la línea.
Inspirada en esa frontera de la que nunca se fue del todo la cantautora ha compuesto un álbum como quien hace una “ensalada”. “No es un disco de música regional o tradicional, es mi lectura. Lo que yo sentía norteño lo metí, hice mi propio cóctel. Emocionalmente, todo lo que está en el disco me conecta con mi infancia”, explica.
Ambos trabajos, el literario y el musical, se han cocinado a fuego lento, mientras la cantante imaginaba los paisajes (el desierto, el mar), pensaba los temas (la migración, la amistad) y se reconciliaba con su pasado. “Siempre he tenido una relación muy intensa con las palabras. Ya había hecho mucho taller de ensayo personal en la pandemia, que es el género que más me atrae por su cruce entre la memoria y la reflexión, pero siento que todavía tenía muchas cosas que trabajar y destrabar, con mi familia y conmigo misma”, reconstruye ahora.
El libro le debe mucho a las sesiones de terapia.
📷Julieta Venegas en la librería Casa Tomada, en Ciudad de México, el 11 de mayo.Aggi Garduño
La figura de su padre, estricto con las cosas del cuerpo, con la presencia de otros hombres, sobresale en un relato en el que la joven Venegas se va formando por oposición más que por afinidad. “Yo soy una suertuda, porque me ha tocado ver a mi papá cambiar. Haber crecido con un papá y ahora verlo convertido en un romántico que llora todo el día, que pide perdón, que es otra persona”, desarrolla. “Es sano para los padres mexicanos que sus hijas los contradigan”, se ríe.
A esa tarea se han empleado con devoción las autoras mexicanas contemporáneas —ella menciona a Alma Delia Murillo y a Iveth Luna Flores—, que han encontrado en la revisión de la figura paterna una forma de catarsis personal. Es, sin embargo, su madre, quien termina por validar su decisión de irse a perseguir su sueño, algo “importantísimo” que ayudó a que las cosas se acomodaran. También fue ella quien le sirvió de guía cuando entró en crisis, entre su segundo y su tercer disco, Bueninvento (2000) y Sí (2003). El cuarto, Limón y sal (2006), terminó de catapultarla. “En el fondo, quería hacer canciones que mi madre disfrutara”, confiesa en el libro. Una letra y una melodía que se defendieran solas, con la sencillez de una guitarra y una voz.
De esa crisis no queda nada. Hoy no se pregunta qué compositora quiere ser, sino más bien cómo repetir el proceso que ha vivido con su nuevo álbum. Cómo anclarse en las “historias”. “Si de algo me di cuenta con este disco, en que estaba leyendo sobre Baja California sin parar, obsesivamente, es de que quiero que todos mis proyectos vengan acompañados de una investigación”, reconoce. En esa inmersión influyó mucho su hermana gemela, la fotógrafa Yvonne Venegas, que se encontraba haciendo otro trabajo en este Estado del noroeste mexicano. “Conectamos mucho a través de su proyecto y siento que ella fue un disparador muy fuerte para empezar este que yo hice”, señala.
Junto al pilar de la familia se levanta también el de la amistad, un vínculo al que también le dedica buena parte de las palabras y de la música. “Cuando era más chica era mucho más solitaria. Solamente tenía importancia mi relación con la música, sobre cualquier otra. Nunca fui de esas personas extrovertidas que iba a hacer 1.000 amigos. Mis amigos son gente que ha ido entrando lentamente y se ha quedado”, valora Venegas, que le canta a la amistad en uno de los primeros singles del álbum, Tengo que contarte, a dúo con la mexicana Natalia Lafourcade. Este siempre ha sido un elemento clave en su vida, aunque ahora se ha vuelto más “amiguera”, dice, y ha entrado a explorar este tipo de relación como se suele indagar en las románticas. “Perder amigas es terrible, es lo peor que te puede pasar”, sostiene.
📷La cantante y compositora mexicana Julieta Venegas.Aggi Garduño
A muchas de ellas las dejó en Buenos Aires, donde vivió durante años y de donde nace el “híbrido” entre México y Argentina que hoy compone su equipo. Fue el “hambre por la cultura” y la “intensidad del carácter de las personas” lo que la conquistó definitivamente de aquel país: “Me contagió la pasión por las cosas que hago y me renovó el querer estar con la gente”. El libro nació allá, pero lo terminó en la Ciudad de México, después de la mudanza que la llevaría de regreso a su país.
La vuelta a los orígenes y la lentitud la conectaron con el lado más humano del arte. Acostumbrada a improvisar sobre el piano, aquí se permitió imaginarlo antes, recrearse en las imágenes antes de traducirlas a sonidos. “No hay nada más humano que lo que te cantaba tu abuelita cuando eras chico”, bromea. Ese regreso a las raíces y la reivindicación del lugar del que se es atraviesan la industria musical como una corriente eléctrica, y no pasan desapercibidas para la compositora: “Milo J explorando el folklore, Bad Bunny enfocado en Puerto Rico…”. “Hay una gran explosión de la música latina hacia todos lados”, completa.
Hay, también, algunas cuentas pendientes. “Me ha sorprendido mucho platicar con chavas más jóvenes que están haciendo música ahorita y ver que sienten esto de ser un poco impostora. Se me hace muy fuerte. Yo lo sentí siempre, pero pensaría que va cambiando”, señala. El optimismo, sin embargo, pesa más y llega a la boca de la cantante bajo el nombre de Rosalía o de la productora argentina Juana Aguirre: “Hay un empuje artístico que ya es incuestionable”. El suyo, de momento, la ha llevado de vuelta a su tierra, entre el desierto y el mar. De allá huyó de chica para cumplir su sueño, solo para volver ahora, tantos años después, cargada de canciones y rebosante de palabras.

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